Una sociedad del espectáculo

Recuerdo la primera vez que vi la serie inglesa ­­­­­—Black Mirror. El terror me acompañaba en cada uno de sus capítulos, no necesariamente porque hubiera fantasmas o situaciones paranormales, sino porque planteaba un estremecedor futuro digital que no me parecía lejano. Y efectivamente, el día de ayer fui testigo de esa cercanía entre un episodio -de dicha serie- y el presente. Aquellos que la han visto recordarán el capítulo 2 de la segunda temporada en el que una mujer corre por su vida, sufriendo ataques de pánico mientras se rodea de espectadores que solo la graban con el celular sin brindarle ningún tipo de ayuda. Algo similar sucedió ayer en la Cámara de Diputados. La diputada Carmen Medel entraba en una crisis nerviosa debido a la noticia del asesinato de su hija en Veracruz mientras decenas de dispositivos móviles -de diputados y periodistas- grababan la escena; su dolor, su tormento y su pesar para… ¿compartirlo?, ¿guardarlo como evidencia?, ¿hacer el encabezado de la nota más rentable? —Ya lo sabía, pero ayer lo reiteré, somos parte de la sociedad del espectáculo.

 

El filósofo y teórico político Guy Debord ya lo decía desde 1967: seremos una sociedad en la que “la relación social de la gente será medida por imágenes”. No se equivocó. El primer capítulo de la tercera temporada de la serie se desarrolla en ese supuesto. La vida de una chica que se rige por su aprobación en redes sociales la cual determina dónde puede vivir, comer, trabajar y estar. ¿Les suena familiar? La velocidad en la que avanza la comunicación digital ha trastocado nuestra manera de relacionarnos y expresarnos socialmente. Subimos fotos esperando aprobaciones con likes, seguimos cuentas en Instagram que nos muestran “estilos de vida” a los que aspiramos o chateamos por horas en Whatsapp sin necesidad de hablar cara a cara. Dentro de esta realidad, las redes digitales también han incentivado un “activismo de café” que, si bien ha logrado que algunos movimientos deriven en luchas importantes, la mayoría de ellos se limitan a un “me entristece” en el video del perrito abandonado o a un “me enoja” a la nota de los más de 2,000 feminicidios que ocurren cada año en el país.

 

Las redes pueden moldear nuestra manera de vivir y comportarnos socialmente (la televisión y el cine lo hicieron con fuerza desde los ochenta), pero lo que no podemos permitir es que nuestra humanidad y nuestras relaciones personales se limiten a ellas. La empatía no se trabaja compartiendo videos del sufrimiento del prójimo, sino alzando los ojos más allá de la pantalla y saliendo a ayudarnos y apoyarnos, en fin, a humanizarnos. A lo que quiero llegar es, por qué será que hemos alcanzado ese punto en el que preferimos grabar una tragedia en vez de asistirla. ¿Será porque subir un video con una frase como “lo siento mucho” hará que los demás observen lo profundamente dolidos que estamos ante esa situación y genere aprobación? Esto va por la diputada Medel y por todas aquellas personas que han sido víctimas de alguna tragedia mientras tenían espectadores que grababan en vez de socorrer o respetar el dolor. También va para todos aquellos que viven -me incluyo- con el celular en la mano, atentos a las vidas ajenas construyendo nuestra realidad digital. Guy Debord lo dijo y el 2018 lo reafirma “todo lo que alguna vez fue vivido directamente se convertirá en una mera representación”.

Estudiante de doctorado en Derecho, Gobierno y Políticas Públicas en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus líneas de investigación son feminismo, empoderamiento de la mujer y participación política de las mujeres.

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